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jueves, 4 de mayo de 2017

PONTEVEDRA: LA CIUDAD QUE TRIUNFÓ SOBRE LOS COCHES

Texto RAQUEL PIÑEIRO (@RAESTAENLAALDEA)

Nos acercamos a conocer el urbanismo saludable de Pontevedra, ese que Pekín y Hong Kong están a punto de clonar.

Publicado el 03.05.2017
En Conde Nast

La verdad comúnmente aceptada de que como mejor se conoce una ciudad es paseando se vuelve en Pontevedra algo más que un cliché; es una necesidad. Pequeña, llana y con casi la totalidad de su casco histórico peatonalizado, aquí se impone dejar el coche a un lado para recorrer animadas plazas, soportales de piedra y silenciosos rincones hasta acabar descubriendo, paso a paso, una ciudad que podría estar arrancada de las páginas de una novela burguesa del XIX.

Premio de la ONU a la ciudad europea más cómoda para vivirpremio al diseño y planificación urbana en Hong Kong, premio de la Confederación Española de Personas con Discapacidad a la mejor acción local de accesibilidad… La reconversión urbana que ha experimentado Pontevedra en los últimos 15 años la ha convertido en un referente internacional. La en su día muy polémica peatonalización del casco histórico logró transformar esa zona de refugio nocturno algo sórdido y casi vacío durante el día en un bullidero de movimiento, con niños que juegan en las terrazas y visitantes que admiran las fachadas señoriales. Con los años, el éxito llevó la peatonalización a otras calles, pero es por el casco antiguo donde se extiende la ruta estrella que debe realizar todo viajero.

Los que no saben mucho sobre Pontevedra dicen terminar sorprendidos del encanto que despliega. Entre la plaza de la Ferrería y la basílica de Santa María, calles impolutas conducen a iglesias que conservan su pasado marinero y comercial. Plazas como la de la Leña, la de la Verdura o la de Mugartegui invitan a evocar personajes históricos que aquí dejaron su impronta, desde Valle-Inclán al pirata Benito Soto. La ciudad burguesa finisecular, de tertulia literaria, pintores e intelectuales, sigue viva en cafés históricos como el Carabela, el Savoy o el Café Moderno.

Si en algún momento llueve –al fin y al cabo, estamos en Galicia– los soportales no son el único refugio. Pontevedra posee uno de los museos municipales más antiguos y con más fondos de España. En el Sexto Edificio, además de exposiciones temporales, destacan la colección de orfebrería prehistórica, la obra de Castelao –con sus sobrecogedores grabados sobre la Guerra Civil inspirados en Goya– o la sala dedicada al niño prodigio de principios del siglo XX y violinista malogrado Manuel Quiroga. Los bajos del Museo albergan la Ultramar, la ‘taberna atlántica’ del estrellado Xosé Cannas –Pepe Vieira–, una parada ya imprescindible bien para un aperitivo en su terraza o para disfrutar de su ecléctica carta.

El caminante irredento que busque un entorno verde tras tanto peso de la Historia tiene cerca el parque de la Illa das Esculturas. Antaño una junquera semiabandonada, hoy es el lugar donde hacer deporte entre esculturas de granito gallego realizadas por artistas internacionales. “A illa”, entre domesticada y agreste, invita a perderse por los senderos contemplando a los piragüistas que remontan el curso fluvial. También se puede optar por lo contrario: seguir el descenso del río buscando el punto donde el agua pasa de dulce a salada y las mareas empiezan a dejarse sentir. Un paseo y un carril bici recorren este trayecto, con vistas a la isla militar de Tambo, sorteando pescadores y divisando a las mariscadoras de Lourizán.

Es precisamente ahí donde se encuentra uno de los puntos irrenunciables para el amante de la naturaleza: los jardines de Lourizán y el pazo de Montero Ríos. El sitio es una curiosa mezcla entre un jardín de cuento, un lugar de aprendizaje –alberga un centro de investigaciones ambientales y forestales– y una reliquia del esplendor pasado. El político gallego Montero Ríos adquirió la construcción en el siglo XIX como residencia de verano. Con sus privilegiadas vistas sobre la ría, el pazo alojó a personalidades de la época y fue testigo de algunos tejemanejes de la Restauración. Su actual estado, pendiente de rehabilitación, le da un aire melancólico al jardín, en el que árboles de todas latitudes crecen entre las estatuas modernistas, el palomar, el invernadero o las galerías del edificio.

Pero un recorrido por jardines idílicos no estaría completo sin acercarse a Meis, al Pazo de la Saleta, el próximo secreto a voces a 20 kilómetros de Pontevedra. La que, según la Unesco, es “una de las colecciones botánicas privadas más importantes de España” nació del empeño de Robert y Margaret Gimson, una pareja de ingleses que se estableció en Galicia a finales de los 60 y se dedicó a plantar especies de todo el mundo. Hoy son Blanca Coladas y su hija Silvia Rodríguez quienes continúan este legado incrementando las especies y, lo mejor, abriéndolo al público.

Hasta hace un par de años –cuando se incluyó en la Ruta de la Camelia– era visitado casi exclusivamente por extranjeros connoisseurs y amantes de la jardinería –entre ellos el arquitecto de los Agnelli o propietarios de castillos en el Loira–. Son precisamente las camelias, que llenan de color el invierno, su principal reclamo. Pero el jardín contiene suficientes tesoros como para que la visita merezca la pena en todas las estaciones: en verano la luz realza los colores, en otoño florece la poco conocida Camellia sasanqua y en primavera… ¿de verdad hacen falta motivos para recorrer un jardín en primavera?.

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