PASEAR, ESA PERIPECIA

Alejandro E. Orús
10 de mayo de 2017-05-19
Heraldo de Aragón

En los tebeos antiguos, cuando un señor aparecía en una viñeta andando por la acera y leyendo un periódico, indefectiblemente acababa cayendo en una alcantarilla abierta. La escena es simple y su presunta comicidad no ocultaba una cierta justicia poética ante la indiferencia para con el espacio público.

Hoy quienes andan por la calle sin levantar la mirada del móvil son los que más se encomiendan, despreocupadamente, a los reflejos y la precaución del resto. Santiago Ramón y Cajal, que parece un pionero también del movimiento ‘slow’, criticó los automóviles y la velocidad en defensa de esa forma de deambular. «¡Pobres niños, ancianos y distraídos, víctimas propiciatorias del progreso y de la velocidad inútil! ¡Y pobres poetas y pensadores ensimismados!», escribe.

Lo cierto es que circular por la calle es una actividad que merece poca consideración a mucha gente pero que en las ciudades resulta cada vez más compleja y requiere por tanto de atención. Los tradicionales ‘flâneurs’, si es que aún quedan en una sociedad tan marcada por las prisas, se enfrentan a muchos obstáculos que hacen del paseo una peripecia.

El origen de la profusión de problemas entre peatones, ciclistas y conductores, también los internos de cada uno de esos colectivos, es común: la falta de civismo. Las consecuencias, obviamente, sí son muy distintas según se vaya a pie, encima de una bici o al volante.

Las normas sobre movilidad o se ignoran o son inciertas o no se aplican, así que en esto de compartir el espacio público todos hemos quedado en manos del sentido común. Del nuestro, claro, pero también del de los demás. Lo cual es presumir demasiado.

Proliferan últimamente los libros que vinculan el hecho de caminar con el ejercicio de pensar, recogiendo el ejemplo de Thoreau y otros autores. Whitman animaba a andar como «rechazo de una civilización corrupta, contaminada, alienante y miserable». En nuestras modernas ciudades, aunque a veces se quiera disimular, andar se ha convertido en un sobresalto.

Y para pensar, mejor no salir de casa.

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